Entre luces y memoria: crónica de la XII Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios de la Ciudad de México

Entre luces y memoria: crónica de la XII Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios de la Ciudad de México

La XII Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios de la Ciudad de México se celebró del 13 al 23 de agosto de 2026. Durante dos semanas, el Zócalo capitalino se convirtió en un punto de encuentro entre habitantes de la ciudad, turistas nacionales y visitantes extranjeros.

La Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios no es un evento comercial ni una feria turística más. Nació como un espacio de encuentro y reconocimiento para las comunidades originarias de la Ciudad de México, aquellas que han habitado este territorio desde antes de la llegada de los españoles y que, pese a siglos de desplazamiento y discriminación, mantienen vivas sus lenguas, sus tradiciones y sus formas de organización comunitaria. En un país donde la narrativa oficial suele reducir lo indígena al pasado o a regiones lejanas, esta fiesta es una afirmación: la Ciudad de México también es territorio indígena, y sus pueblos originarios tienen derecho a ocupar el centro simbólico de la ciudad, el Zócalo, para decir “estamos aquí”. Con el tiempo se fue incorporando a las comunidades indigenas residentes que son parte importante también de nuestra identidad y cultura.

Hubo espacios comerciales dedicados artesanías y productos culturales; presentaciones editoriales, conferencias, talleres, conciertos y actividades comunitarias. Quien recorría el recinto podía pasar en cuestión de minutos de una conversación académica a un escenario musical, de un taller de bordado a una fiesta comunitaria, o de una presentación multitudinaria a una sala pequeña en la que unas cuantas personas escuchaban durante una hora a alguien hablar sobre un aspecto particular de nuestra cultura y nuestra historia.

No hubo una sola manera de vivir una fiesta de estas dimensiones. Para algunos visitantes, el acontecimiento quedará asociado a una danza de los pueblos mexicas, a una hermosa ofrenda o tlamanalli, a un concierto de música regional o a una conferencia iluminadora. Para otros, será el recuerdo de un libro descubierto casi por casualidad. Y para algunos, una charla que, aunque no haya reunido al público más numeroso, dejó una pregunta que continuó acompañándolos después.

La carpa de la medicina tradicional: un servicio vivo en el corazón de la fiesta

Entre los espacios que mayor interés despertaron se encontraba la carpa de medicina tradicional, ubicada contiguamente al Círculo de Saberes. Allí, los médicos tradicionales, incluyendo los del grupo JAPSUN —herederos de la tradición mexica y tenochca— ( https://japsun.com) ofrecieron al público sus servicios durante toda la fiesta. Limpias con hierbas, masajes, sobadas y lecturas del tonalpohualli (el antiguo calendario augural) formaron parte de una oferta que atrajo a decenas de personas cada día.

La presencia de estos 40 médicos tradicionales no fue un mero gesto simbólico. Fue un servicio comunitario directo, una muestra de que la medicina indígena sigue viva y se ejerce en el corazón de la ciudad. Quienes se acercaron a la carpa no solo recibieron atención física; muchos salieron con una lectura de su signo o nagual de nacimiento, con una recomendación de hierbas o con la sensación de haber participado en un ritual que conecta el cuerpo con la memoria ancestral. La larga fila que se formaba desde temprano daba cuenta del interés y la necesidad de este tipo de acompañamiento, difícil de encontrar en otros espacios urbanos.

El escenario principal: música, danza y color

El escenario principal, engalanado con una portada de flores tradicionales similar a las que se colocan en las iglesias de los barrios indígenas, fue el corazón sonoro de la fiesta. Allí se sucedieron conciertos de orquestas regionales, danzas de concheros, y las tradicionales calendas que recorrieron el Zócalo con el ritmo inconfundible de tambores y carrizos. La calenda de Coyoacán, en particular, congregó a un numeroso público que acompañó el recorrido entre música y color.

El ambiente era el de una gran celebración popular: familias enteras paseaban entre los puestos, niños correteaban alrededor de las esculturas prehispánicas que adornaban el perímetro, y el olor de la comida tradicional se mezclaba con el sonido de las bandas. Fue, sin duda, un despliegue de la cultura viva que pocas veces se ve en el centro de la ciudad.

Artesanías, gastronomía y una observación sobre la representación local

Al recorrer los pasillos de artesanías y gastronomía, era inevitable notar la amplia presencia de productos provenientes de Oaxaca y de comunidades mazahuas. La oferta de los pueblos originarios de la propia Ciudad de México, aunque presente, resultó inexplicablemente menor. Varios asistentes consultados expresaron su sorpresa ante este contraste, señalando que en casi todos lo eventos capitalinos pareciera que hay una política oficial de discriminación contra los propios pueblos originarios de la Ciudad de México..

No se trata de cuestionar la participación de otras regiones —la diversidad es, sin duda, una riqueza del evento—, sino de observar una tendencia que algunos visitantes identificaron como un desplazamiento silencioso de los productores y artesanos de la ciudad en su propia fiesta. Un dato que, sin ánimo de juicio, merece ser registrado y analizado.

El Círculo de Saberes: la memoria escrita que trasciende la fiesta

A diferencia de los pasillos comerciales, donde predominaban las artesanías y la gastronomía, el Círculo de Saberes fue el espacio dedicado a la reflexión, el diálogo y el conocimiento. Allí no hubo cientos de puestos de libros; de hecho, la oferta editorial fue reducida. Pero lo que se presentó en ese espacio adquirió una relevancia especial, porque no se trataba de productos comerciales, sino de testimonios escritos que buscaban fijar la memoria de los pueblos originarios frente al olvido.

Entre las actividades del Círculo de Saberes, destacaron tres presentaciones editoriales que, por su contenido y su contexto, adquirieron un significado particular. No eran libros comunes: fueron concebidos como el testimonio escrito de un ciclo histórico que culminaba con esta fiesta.

La conmemoración de los 700 años de Tenochtitlan, iniciada por decreto de la Jefa de Gobierno a finales de 2024 y extendida a lo largo de 2025 y 2026, encontró en esta XII Fiesta su broche natural, aunque no oficial. Para los grupos culturales e indígenas de la ciudad, presentar el libro Tenochtitlan 700 Años en este escenario era un acto de cierre, una manera de dejar constancia de que la historia de la ciudad no es solo la de su pasado, sino la de una memoria que sigue viva en sus pueblos y barrios. Y que sus pueblos originarios tienen su mirada en el presente y en el futuro de sus pueblos, no sólo en su pasado.

El libro, compilado por Beatriz Neira Cuevas, se presentó con sus autores: Fco. Fernando Ruiz Torres, Daniel Vargas Anaya, Fabiola Poblano Ramos y Marisol Gutiérrez. El libro incluye también textos de autores como el Dr. Alfredo Velarde Saracho, el escritor José Tlatelpas, Darlin Garza, el Dr. Jorge Veraza, Salvador R. Munguía y Carlos Santos. Junto con el documental del mismo nombre, este libro constituye un intento de mirar la ciudad desde una perspectiva temporal amplia, entendiendo que la actual Ciudad de México es el capítulo más reciente de una historia mucho más extensa: la de la gran Tenochtitlan, corazón de la Triple Alianza y de la Confederación del Anáhuac.

Tenochtitlan 700 Años no es solamente el nombre de una ciudad que aparece en un mapa. Es el resultado de siglos de transformaciones históricas, sociales y culturales. Su historia se encuentra relacionada con la de otros territorios y comunidades, entre ellos Tlatelolco, Tacuba, Tláhuac, Coyoacán, Iztacalco, Mixuca y otros pueblos con una compleja red de tradiciones, identidades y procesos que continúan modificándose.

Esta es una obra que reconstruye la historia del pueblo que le dio origen, nombre y prestigio a la nación mexicana no es solo un ejercicio académico: es un acto necesario de preservación y rescate de la memoria colectiva. Sin ese tipo de trabajos, los cambios urbanos, las migraciones, las transformaciones económicas y los desplazamientos culturales quedarían sin marco de referencia, sin registro, y las generaciones futuras tendrían una imagen fragmentada y empobrecida de la ciudad que habitan. Y lo más importante, verían debilitada su visión sobre su presente y su futuro.

Tláhuac 800 Años: la memoria de un pueblo chinampero

Otra obra que llamó la atención fue el libro Tláhuac 800 Años, un esfuerzo autónomo impulsado por el historiador Dr. Baruc Martínez Díaz, originario del barrio de Ticic. Este pueblo chinampero, legendario y lleno de tradiciones, posee su propia memoria y sus propios procesos, a menudo eclipsados por la narrativa de la gran urbe. Para quien no conoce la región, puede ser fácil observar la Ciudad de México y Tláhuac (Cuitlahuac Altepetl) como una sola continuidad urbana. Pero la proximidad geográfica no elimina las diferencias históricas ni culturales. Tláhuac posee su propia memoria, sus propios procesos, sus propias comunidades y sus propios símbolos. Comprenderlo implica ir más allá de la imagen de una gran zona metropolitana y reconocer que detrás de ella existen historias particulares.

El libro, producido de manera autónoma, recoge leyendas, tradiciones, canciones rescatadas de la comunidad y poemas escritos sobre el pueblo. Durante la presentación, el escritor José Tlatelpas y el cineasta independiente Fco. Fernando Ruiz Torres compartieron material del libro y proyectaron un video con la canción “Las hormiguitas”, rescatada en los años setenta gracias al informante don Perfecto Ramírez Ruiz (hermano del famoso mexicanismo Estanislao Ramirez Ruiz), del barrio de Ticic. La pieza, interpretada en náhuatl y en español por Bárbara Oaxaca, es quizá el rescate musical en nahuatl  más antiguo de la ciudad. También se presentó un avance del documental Tláhuac 800 Años, con una canción interpretada por Natalia Castañeda.

Los autores agradecieron el apoyo del maestro Diego Prieto (entonces director del INAH), del Mtro. Benjamín Muratalla (Fonoteca del INAH), de Ana María Galicia Zamora (TV INAH) y del maestro Gustavo Hernández Espejo, de la ENAH. Este libro, junto con dos álbumes musicales y un documental, es un testimonio de que la historia de la ciudad se compone de muchas historias particulares. Su presentación en la fiesta fue también un acto de afirmación de una identidad que merece ser contada por sí misma.

La controversia de Cuauhtémoc: un hallazgo histórico del Dr. Jorge Veraza

Un capítulo aparte merece el libro del Dr. Jorge Veraza, presentado también en el Círculo de Saberes. El investigador expuso, con metodología científica y evidencias halladas medio siglo después, las presiones políticas que enfrentó la investigadora Eulalia Guzmán, cuyo trabajo fue desacreditado en su momento sin que existieran pruebas suficientes para ello. Este hallazgo aporta una luz nueva a una de las controversias más persistentes de la historia nacional.

El Dr. Veraza analiza, con rigor científico, la controversia y los estudios sobre la veracidad de los restos del tlatoani Cuauhtémoc. Los estudios de caso, cuando están bien documentados, permiten comprender dinámicas culturales, políticas y sociales con fundamento científico impecable que otras narrativas han pasado por alto. Durante la conferencia, el Dr. Veraza expuso las líneas principales de su investigación y dialogó con los asistentes sobre las fuentes consultadas y los hallazgos más significativos. La sala albergaba a un público atento que seguía con interés las explicaciones del investigador.

El país y el barrio originario invitados: Panamá y La Candelaria, Coyoacán

Como cada año, un país fue invitado y en esta edición correspondió a Panamá, que envió una importante representación de diputados indígenas. Participaron en el conversatorio “La mujer indígena en el territorio de Panamá” los diputados Oswaldo González, del Parlamento Indígena de Panamá; Flor Brenes, presidenta de la Comisión de Asuntos Indígenas de la Asamblea Legislativa (Congreso nacional); Tulio Gertrudis Rodríguez y Nixon Andrade.

De parte de Coyoacán, un pueblo mexica y cuicuilca, se homenajeó a su barrio de La Candelaria, conocido antiguamente como Chinampan, Acatlán Macuitlapilco, que presentó conferencias y una bella calenda tradicional de su comunidad.

Una agenda diversa: talleres, conferencias y eventos comunitarios

La Fiesta, sin embargo, no fue solamente artesanía, comida, medicina, libros, conferencias y espectáculos. El programa incluyó una amplia variedad de actividades que reflejaban la riqueza de las tradiciones indígenas. Entre ellas, un Carnaval de Coyoacán, una presentación de rap mazateco, y una exposición de vestidos regionales en “La otra mirada de la flor más bella del ejido”, con el traje típico del altiplano mexicano.

Se presentó una conferencia sobre “La mujer indígena en el territorio de Panamá” y una exposición titulada “Donde la piedra florece y resiste: Memoria histórica de la Calendaria Coyoacán”. También se realizó un Carnaval de Milpa Alta y una presentación de materiales didácticos en “Masewalkopa, variante nahua de la CDMX”. Los asistentes fueron sorprendidos por una “Calavereada de Santa Cruz Acalpixca” y un taller del Tonalamatl (el antiguo calendario augural azteca).

Se presentó otro libro: “Historias Antiguas y Voces de Hoy del Ejido Viejo de Santa Úrsula Coapa”, y se llevó a cabo un conversatorio sobre el calendario sagrado tolteca en “Intonalmauh Tocoltzitzinhuan, El Calendario de nuestros Abuelos”. El Calpulli Moxocuentla presentó el libro “El camino del nahual, la antigua tradición de Malacatetipac”, y también se abordó la “Importancia de preservar la lengua náhuatl”.

Hubo talleres prácticos como el de canastas de hoja de pino, el de bordado purépecha, y el de “La importancia de las Máscaras del Carnaval y Tecuanes en la Cosmovisión Indígena”. También se presentaron los libros “Tlatelolco, los otros habitantes” y “La Historia de Santa Anita, un pueblo mágico que se niega a morir”, entre otros eventos. La preservación cultural ocurre muchas veces con esta variedad y de esa manera: no mediante grandes declaraciones, sino mediante la transmisión cotidiana de un conocimiento.

Lo que queda después de la Fiesta

Cuando la Fiesta cerró sus puertas el 23 de agosto, la Ciudad de México dejó de ser durante un tiempo ese enorme escenario cultural en el que todo parecía suceder simultáneamente. Pero algunas de las historias que allí se contaron apenas habían comenzado su recorrido. Una fiesta puede durar dos semanas. Un concierto puede durar una noche. Una conferencia puede durar una hora. Una calenda puede durar una tarde. Pero un libro puede acompañar a un lector durante años, y una investigación histórica puede sobrevivir a varias generaciones.

Quizá ésa sea la razón por la que, entre tantos acontecimientos que pasaron por la Ciudad de México durante aquellos días, vale la pena detenerse en algunas de las obras que intentaron hacer algo más difícil que simplemente ocupar un espacio en el programa: intentaron conservar una parte de la memoria. Quedaron los recuerdos de quienes asistieron, las imágenes, las grabaciones, las conversaciones, las canciones, los  ayuda rituales curativos realizados por los médicos indígenas tradicionales, las artesanías, los deliciosos bocadillos, y los libros. En particular, quedaron esas obras que intentan convertir una parte de la memoria de la ciudad en algo que pueda ser consultado por quienes todavía no han nacido.

Tenochtitlan, los siglos en la historia de la Ciudad de México, intenta mirar una ciudad a través de sus siglos.

Al final, una ciudad también se construye con aquello que decide recordar. Y mientras la Ciudad de México continúe cambiando, y mientras nuevas generaciones vuelvan a preguntarse de dónde vienen los lugares que habitan, habrá una razón para apreciar esos libros, esas artesanías, esa música, esos bocadillos. La Fiesta habrá terminado. La conversación, no. 

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