Muere el gran pintor Leonardo Nierman. Homenaje por Miriam Ruvinskis.


Leonardo Nierman

Una memoria

                                                                                                         Por miriam ruvinskis

Se fue nomás. Cansado de tanto cuerpo viejo, de tanta arruga montañosa, se fue. 

    Lo qué pasa a los viejitos de 90 años que poco a poco cruzan al otro lado.

    El cuerpo como que ya no responde, concentrado más bien en las tinieblas del más allá, la voz que ya no se escucha, aunque Nayo en sus últimos días, rebuscaba entre los rincones buscando el viejo violín que no pudo llevarlo a la cima del extasis.

    Apenas ayer, Nayito despertó cansado mientras el sol le fue arrancando viejos pensamientos, el tenerse que estar allí, frente al movimiento inaudito de sus manos, el pastel maravilloso de los tonos rosados, el hamacarse una y otra vez en el viejo remolino de los ensueños.

    Sin despedirse de nadie agarró el manto multicolor de  los viejos recuerdos y a paso lento se metió entre el viejo callejón del tiempo.

    Como pudo se desprendió de las hileras de piel mientras el olor de su infancia lo hizo recorrer las misma callejuelas. 

    El violín lo llevó consigo, las tantas horas, el sonido mágico de su libertad invitándolo esta vez por el pasillo de tanta estrella celeste.

   Simplemente se dejó empujar por la brisa del amanecer, sus breves pasitos, el juego del cuerpo zafando finalmente su alma. 

    Muy atrás el niño de tantas banquetas, el caminar sin fin por la Alameda, la avenida Hidalgo, la calle de Tacuba, los zaguanes, la perfección de tanto rostro, hombres y mujeres desfilando por San Juan de Letrán mientras Nayo, pensaba y repensaba.

   Y en su alma quedó adherido por siempre, el olor de los mercados, las marchantas, los puestos de tantas quesadillas y los tacos que súbitamente le abrían el apetito y a loca carrera interrumpía todo, guardaba el manto multicolor de su arco iris y sin pensarlo más se iba al convento del Carmen, afuerita, con lluvia o truenos, para sin más entrarle a las tostadas, las sandías tan dulces y jugosas, el pozole, esa infancia tan descabellada y única que abrió el grifo de la creatividad.

   De Leonardo Nierman, el pintor, el escultor, el artista, queda un canal inaudito de colorido, la explosión ininterrumpida de tantos universos, su visión, su textura, sus esculturas en Paseo de la Reforma, en Insurgentes, el el extranjero, su risa siempre tan franca y esa mente inaudita capaz de romper cualquier monotonía.

    Pero yo, de mi tío Nayo tengo además otra gama de recuerdos, de niña desaforada, la presencia siempre tranquila y risueña de un hombre amante de la paz y la alegría.

    Desde muy chiquitita todos los domingos me llevaban a un departamento donde su mamá,  Clarita, preparaba la comida más deliciosa del mundo. Siempre sonriente daba la bienvenida a todo el mundo.

    Nayo tocaba el violín y empezaba a pintar, curioso siempre de poner en tela el nido de sensaciones que desbordaban su imaginación.

   Domingos inolvidables de estarme allí mientras los adultos platicaban y Nayo sonreía, entretejía su multicolor araña de tantos ecos y sonidos.

   En mi mente, la vajilla de platos amarillos, las frutitas multicolores que ponían en un platitos de cristal, la Canica, la perrita que al abrirse la puerta de la cocina entraba en loca carrera hacia Leonardo.

    Poco a poco llegaban los invitados y se servía la sopa y los guisados, el pollo y la ternera, mientras se armaba una tertulia de viejos amigos, los rumores de guerra, muy lejos Ucrania y Letonia, las persecuciones en Latvia y los mil suspiros de los que daban gracias por seguir vivos.

    Leonardo se retiraba a su estudio, a pintar, a escuchar música, a entregarse a esa búsqueda que tanto tiempo después le dio la fama.

    Mi tío, de verdad, tan querido y tan único, con su sentido del humor tan de frontera y vuelta a darle, sus comentarios, su alma tan vieja conformando tantos horizontes. 

   Por años y años, mi tío Nayo siempre curioso de nuestra vida, entremetido en el lienzo, feliz de poder navegar en el río multicolor de la imaginación.

   Ayer nomás, al despertar, algo lo empujó. Como que el sol ya no tuvo la fuerza de antaño y sin pensarlo se dejó arrastrar por la corriente eléctrica de los viejos ensueños.

   A un lado, abandonados los viejos trapos de piel, el cajón de tantas medicinas, los consejos internos para seguir siendo el viejito simpático que siempre fue y al ver la luz tan brillante y resplandeciente, no lo dudó y como ensimismado, encandilado por la luna, cruzó sin más a la aventura, sin adioses ni tristezas, pedazo de cielo azul que alcanzó, estrellita amarillenta, sin faltarle, claro está, sus quesadillas y el pozole que tanto saboreó.

   Aquí, entre tanta distancia el duelo es intenso, sin poder hablar ni abrazarlos a todos, sin poderle decir lo mucho que lo quise, te quiero siempre Nayito, hasta algún día, buen viaje.

El maestro Leonardo Nierman, un gran artista visual mexicano, siempre responsable con su trabajo y siempre de buen humor.
Una obra típica del maestro Nierman, sus creaciones eran como asomarse a un universo en movimiento, siempre vivo, siempre con el poder de conmover.
Otra obra del maestro Nierman, en ella las sombras y colores, en aparente caos, revelan las emociones y figuras sugeridas a través de una expresión, en parte surrealista, en parte científica y en mucho humana y espiritual.
A la derecha el maestro Leonardo Nierman, abajo su sobrina, la narradora y periodista Miriam Ruvinskis, la señora de blanco es Clarita (“Bobe”), madre del pintor, el niño de suéter oscuro es José Ruvinskis, hermano de Miriam, el de blanco es Chanel Nierman, papá de Leonardo; y el personaje de traje y corbata es Daniel Ruvinskis, hermano de Wolf, el conocido actor y luchador.
El actor, luchador y empresario Wolf Ruvinskis con su cuñado el pintor Leonardo Nierman.
El pintor mexicano Leonardo Nierman, su hija Claudia y su esposa Esther Ruvinskis.
Chanel Nierman, nacido en Lituania, se casó en México y fue el padre del pintor Leonardo Nierman..