Gonzalo Martré, 95 años de danzar las letras y los significados

Por José Tlatelpas

Salí del antiguo convento de San Francisco con la sensación precisa de estar cruzando una puerta que no daba a la calle, sino a una grieta en el tiempo. Dejé atrás claustros, retablos, fantasmas de frailes, virreyes arrepentidos y burócratas culturales que jamás han leído un sermón, y entré al respiro, dizque verde, de la Alameda Central.

El aire olía a copal, gasolina, elote asado y promesa de lluvia. Los danzantes giraban al ritmo de flautas y tambores, trenzando humo y plumas delante de una fuente. En algunas lonas se leía, como si fuera un grafiti hecho por los siglos: “700 años de México-Tenochtitlan”. Más allá, en un letrero torcido de cantina, alguien había escrito a mano: “Festejo 97 de Gonzalo Martré. Preguntar por la pirámide secreta. Acceso restringido”.

Mientras caminaba, las capas del mundo empezaron a despegarse del piso. Entre los turistas con celular y los vendedores de burbujas se cruzaron unos mexicas emplumados y escudo de obsidiana, paso firme, mirada de águila. Detrás estaba una escolta de soldados de Cortés, armaduras abolladas, cascos oxidados, resoplando por el Smog de Invierno En medio se deslizaron señoras de pollera y caderas coloniales, jóvenes con bigote encerado del siglo XIX, un cochero del imperio de Maximiliano, un general porfiriano de mostacho afilado, y un grupo de estudiantes con carteles del 1968 que discutían con un ferrocarrilero de los cincuenta sobre quién había enfrentado al sistema con más o menos dignidad.

Todos caminábamos sobre las mismas baldosas, en direcciones encontradas, como si la Alameda fuera una cinta transportadora digital, mecánica, de siglos superpuestos. A ratos, entre los penachos y las mochilas, juraría haber visto pasar también la silueta de un ladrón elegante con capa —El Fantomas, la amenaza elegante—, cargando bajo el brazo un tomo secreto, robado de alguna biblioteca presidencial.

Yo seguía mi ruta, tratando de no tropezar con ninguno de esos fantasmas …demasiado fuerte. Sabía que en algún punto del contorno del parque, detrás de un bosque citadino, se escondía la entrada a una fiesta muy particular: el cumpleaños 97 de mi amigo Gonzalo Martré, ingeniero químico devenido narrador, cronista de danzones, inventor de conspirativo y, desde hace décadas, uno de los más tercos santos y satíricos de esta ciudad.

Su cumple no podía celebrarse en un salón cualquiera. Tenía que ser en la gran pirámide literaria, escondida bajo la piel de la metrópoli, una pirámide que sólo él sabía cómo otorgar accesos. Me había dicho, con esa mezcla suya de rigor y guasa, que la puerta estaba “donde chocan los siglos” y que, para activarla, no bastaba el GPS: había que traer la cabeza llena de historias, un poco de ironía y un salvoconducto digno.

Entre las flautas y los claxons, se me fueron colando otros recuerdos, como si alguien empezara a proyectar una película sobre la misma calle. Vi la luminosa fachada de un centro cultural cualquiera, la noche cargada de expectativa, un papel pegado con diurex anunciando: “Presentación de ‘Gooool, el día en que México ganó el Mundial’, de Gonzalo Martré”. ¿Sería ahí la fiesta de cumpleaños? Sentí de nuevo el apuro, el llegar tarde, el corazón acelerado por la prisa y por la ciudad que siempre parece a punto de atropellarte y de pedirte otra metáfora al mismo tiempo.

En la puerta de ese lugar —que podía estar en cualquier esquina de la Alameda— había un poeta enorme, con cara de guardia prehispánico y ropa de chilango en quincena, bloqueando el paso decididamente.

—Alto ahí. No puedes pasar —me dijo con voz impositiva, como si estuviera custodiando la entrada del Mictlán.

Yo, que ya había sobrevivido a unos cuantos exámenes de literatura y a varios controles policiacos, respiré hondo y me puse digno:

—Hasta sueñas. Me tienes que dejar pasar. ¡Traigo salvoconducto!

El hombre levantó una ceja.

—¿Ah, sí? Pues a ver, enséñalo.

Yo no traía gafete, ni invitación impresa, ni nada. Pero siempre tengo mis tatuajes del clan de Tláhuac Ticic y México Zoquiapan, marcas de pertenencia a los barrios heroicos de Tenochtitlan y cierto permiso para el tráfico honesto de hongos y palabras. Me arremangué la manga de manta, mostré mi brazo de mexica, se los enseñé.

Los examinó lenta y cuidadosamente, como quien lee un códice recién desenterrado, dejó que el silencio hiciera un poco de teatro y sentenció:

—Está bien. Estamos en tu territorio. A ti no puedo impedirte el paso.

Se le resbaló la solemnidad, se rió y añadió:

—Ya pasa, pinche José, tícitl, hechicero.

Chocamos puños entre risas y crucé el umbral.

La sala era pequeña, pero ahí dentro el aire tenía la densidad de las noches que no se olvidan. Poetas, narradores, cronistas, danzoneros pecadores, lectores de ciencia ficción, sobrevivientes del 68, muchachas de mirada peligrosa que bien podían haber salido de un cabaret de novela rojinegra, hermosas edecanes rusas y uno que otro funcionario cultural que había perdido por un rato la compostura.

En el centro, con un libro en la mano, estaba Gonzalo Martré. No el ingeniero que alguna vez dirigió una preparatoria, ni el argumentista prolijo de Fantomas, ni el cronista condecorado en Bellas Artes, sino el mismo que inventó al Chanfalla, que escribió Los símbolos transparentes como un gran banquete de condena y de memoria, quien investigó la ciencia ficción mexicana como quien hace arqueología de futuros posibles y llenó La Avispa Roja y La Rana Roja de flechas luminosas y panfletos sangrientos contra los longevos caciques y parásitos de la cultura oficial.

Le dio dos tragos a su vaso, miró a la audiencia con esa mezcla de picardía y cálculo que da estar a salvo de los favores de las instituciones, y soltó la bomba con su voz aguardentosa:

—¡La edición completa se la robaron!.

Sorpresa. Asombro. Bocas abiertas. Hubo un murmullo salpicado, un breve silencio de incredulidad, dos o tres risas que no supieron en qué tono salir. Luego nos contó, sin dramatizar demasiado, sobre las cajas ya impresas, el tiraje entero listo, el traslado, el asalto. La realidad mexicana haciendo lo suyo. Todo robado. Todo, menos un ejemplar, radioactivamente luminoso, que, por capricho del destino, había quedado resguardado en manos de un comentarista de ciencia ficción, una especie de archivo humano de mundos improbables.

No hubo llanto, ni actas con la aseguradora, ni discursos solemnes sobre la tragedia del libro impreso. Gonzalo, sobreviviente y vencedor, un autor que ya había sido vetado, ninguneado, pirateado y celebrado en la misma proporción or décadas, sonrió como quien reconoce una broma vieja del país y dijo:

—Si ya desaparecieron el tiraje, por lo menos no vamos a desaparecer la lectura.

Abrió el libro como si abriera un expediente judicial. Empezó a leer “Gooool, el día en que México ganó el Mundial”.

El relato surgió del libro como un vapor y contaba, con absoluta serenidad, cómo la selección mexicana levantaba por fin la copa del primer lugar. No por trabajo en equipo, ni por mística, ni por “creer en grande”, sino por algo mucho más lógico dentro del sistema nervioso de este país: ingenieros locos, conspiradores, una alianza improbable entre ciencia ficción y deseo colectivo. Dos cyborgs invencibles, infiltrados en la alineación, destrozaban a todas las defensas que se les ponían enfrente. Las narraciones deportivas sonaban a manifiesto de insurrección tecnológica. Las oficinas de apuestas ardían. Los comentaristas no sabían qué hacer con tanto milagro digital que no cabía en el aburrido guión y noticias oficiales.

Entre risa y risa, uno no podía evitar pensar en el ingeniero químico que había detrás de esa historia, en el argumentista de Fantomas que había pasado años imaginando complots internacionales, en el autor que, al escribir sobre el 68, describió una especie de banquete oscuro donde la risa y lo escatológico sirvieron para desnudar la brutalidad de gobiernos prianistas, autoritarios y brutales, en el cronista que bailó con los rumberos de la Santa Veracruz, en el satírico que le dedicó versos escatológicos a los perversos mandarines del Fondo de Cultura Simuladamente Popular

El fragmento terminó, se hizo un silencio cargado, y luego estallaron los aplausos, como si la selección acabara de meter un gol en tiempos extras.

La imagen se disolvió en ritmo del tambor de la Alameda. De nuevo estaba yo caminando entre los danzantes, las parejas de domingo, los vendedores de globos. Pero la noche del libro robado seguía pegada bajo la piel, como si hubiera ocurrido hace veinte años o hace veinte minutos. En la dimensión de la memoria, todos los “ahora” se ponen de acuerdo ahora.

Seguí las pistas invisibles que me había dado Gonzalo. La puerta de la pirámide, por supuesto, no tenía forma de pirámide: era un viejo cabaret reciclado en salón danzonero, con un letrero apagado, una cortina pesada y un pasillo que olía a historia derramada. En la entrada estaba la agente Lupiskaya, vestido ajustado, sonrisa peligrosa, aroma a ron Havana Cuba.

—¿Vienes a la fiesta? —me preguntó, mirando al techo, como si ignorara que todo el parque sabía del festejo.

—Vengo a donde haya música, pulque y un señor de 97 años que se sigue riendo de todos —contesté.

Ella hizo una seña discreta, la pared se corrió apenas lo necesario y se abrió el acceso a la pirámide.

Dentro no había piedras grises ni escalinatas: el recinto estaba sostenido por columnas discretas, bañado por lámparas bajas, y las mesas desbordaban copas altas de champaña, repletas de pulque junto a cubetas plateadas, decoradas con oro y esmeraldas, donde se enfriaban jarritos con champaña de sabor clandestino. Un danzón de corte clásico, barnizado con giros de jazz, llenaba el aire. En el centro, Gonzalo Martré y la Lupiskaya dibujaban con los pies una coreografía precisa, a su alrededor bailaban las mujeres más bellas de la banda; vestidos de seda giraban entrelazados con las sombras de otros agentes de Fantomas, corbatas y faldas en remolino, tacones que ocultaban tecnología miniatura y miradas cómplices. Y el danzón mezclaba a Pérez Prado con tambores mexicas y con el parpadeo inquieto de diamantes y piedras preciosas que antes coronaron a las élites culturales y ahora sólo se deshacían en reflejos, entre risas, en la guarida de la Pirámide Secreta.

En una mesa cercana, un tipo de lentes gruesos, torvo y profundo, parecido al gran maestro José Luis Colín, discutía con alguien sobre las mejores formas de balconear a un funcionario cultural sin caer en la autocensura. Al menos eso decía. Más allá, un lector de Fantomas enseñaba a un grupo de jóvenes una vieja historieta donde la amenaza elegante derrocaba dictadores, mientras la banda se preguntaba por qué demonios ya no se imprimen cosas así. En un rincón, alguien leía en voz baja una página de Los símbolos transparentes, como si recitara un conjuro para que ningún 2 de octubre se olvide.

Alguien pidió silencio para brindar. Se callaron las trompetas, los danzantes del parque hicieron un pequeño alto, los siglos se acomodaron un momento para escuchar. Levantamos los tarros de pulque, las copas, las botellas supervivientes, los vasos de plástico.

Y entonces, como si la frase viniera de una esquina de Tepito, de una mesa de la oficina nueva de La Guirnalda Polar, de una página escaneada de La Avispa Roja y de la boca digital de todos los que hemos leído a Martré a la vez, se escuchó:

—¡Feliz Navidad 97! ¡Felices transcursos de los siglos y muchas obras más curadas de guayaba!

Brindamos. La pirámide vibró, apenas. Afuera, la Alameda siguió girando sus cinco siglos de gente que va y viene. Adentro, un ingeniero químico convertido en hermeneuta del cuerpo mexicano seguía bailando, como si el tiempo no fuera una línea, sino un danzón interminable donde caben Tenochtitlan, la selección de los cyborgs, los libros robados, los panfletos escatológicos, los rumberos, las costureras bajo los escombros y todas las historias que nos faltan por soñar.

@laguirnaldapolar

Sobre el novelista mexicano Gonzalo Martre Es cronista de danzones y uno de los grandes novelistas y autores satíricos de México. Autor de libros como Los endemoniados, “Los símbolos transparentes”, la trilogía de “El Chanfalla era un gandalla”, 10 monstruos del siglo XX/XXI y otros retratos profundos del país. Desde las páginas de Fantomas, La Avispa Roja y La Rana Roja él y el gran poeta oaxaqueño José Luis Colín, dos Robin Hood de la cultura, exhiben a los impostores, balconean a los caciques, exhiben el maquillaje de falsarios y abren caminos de claridad, crítica y entendimiento de la cultura del México profundo. Este video lo presenta como lo que es: un antihéroe literario, mezcla de Fantomas y pícaro urbano, que le roba solemnidad al poder para devolvérsela, en risa y conciencia, a sus lectores. #LiteraturaMexicana #GonzaloMartre #laguirnaldapolar #Fantomas

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Gonzalo Martré, escritor mexicano conocido como “La Amenaza Elegante contra la Impostura”, uno de los más destacados y auténticos narradores de América Latina

El maestro Gozalo Martré, uno de los pocos escritores que defiende la independencia crítica, la defensa de la justicia y pone en su lugar a las corruptas burocracias culturales

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