Aquí es Rodas: La memoria como territorio literario
Una novela por David Cilia
Ma. Isabel Toledo Strauss
Hay novelas que se leen con los ojos y otras que se leen con las cicatrices. Aquí es Rodas de David Cilia Olmos pertenece a esa rara estirpe de obras que exigen una lectura con las yemas de los dedos, como si las palabras fueran piedras calientes de un camino que quema pero que, al mismo tiempo, ilumina. No es solo una novela sobre México, aunque México late en cada una de sus páginas con esa mezcla de rabia y ternura que solo los grandes narradores saben capturar. Es, ante todo, una exploración literaria de cómo la memoria —personal y colectiva— se construye y se desmorona en el mismo instante.
La primera virtud de Cilia Olmos es su prosa, que oscila entre el cuchillo y la pluma. En las escenas de tortura, las frases son cortas, secas, casi burocráticas, como si el lenguaje mismo se negara a adornar lo inadornable. “—¡Se acabó la fiesta! —dijo Salomón Tanús— ¡ahora vas a cantar!”. No hay metáforas aquí, solo el hueso desnudo del poder. Pero luego, en la Sierra Tepehuana, el lenguaje se abre como un surco: “La niebla a sus pies parecía un mar espumoso que hervía delicadamente”. Este contraste no es casual: es la novela respirando, mostrando sus dos pulmones —el de la violencia y el de la belleza—, como si el autor nos recordara que en América Latina lo sublime y lo terrible suelen ser la misma cosa.
Los personajes están tallados con esa ambivalencia que los hace humanos. Tomás, el guerrillero convertido en fantasma urbano, podría haber sido un clisé del revolucionario caído, pero Cilia Olmos lo rescata con detalles que duelen: cuando estrangula a su perra herida, no sabemos si es un acto de crueldar o de piedad, y esa ambigüedad lo vuelve fascinante. Hay aquí ecos de los antihéroes atormentados de Dostoievski —especialmente de Raskólnikov—, pero con una raigambre profundamente mexicana que recuerda más a los personajes de Revueltas, esos seres arrinconados por la historia que aún así se niegan a dejar de ser humanos. Lo mismo ocurre con Estelí, cuya búsqueda del padre desaparecido se mezcla con el descubrimiento de su propio cuerpo en una escena erótica bajo los pinos, escrita con una crudeza lírica que evoca al López y Fuentes de La tierra pródiga, donde lo físico nunca está separado de lo político.
Pero donde la novela realmente sorprende es en su estructura, que juega con el tiempo como un niño juega con un espejo roto. Los saltos entre 1976, 1998 y 2001 no son un mero recurso vanguardista; son la manera en que la memoria funciona, especialmente en un país donde el pasado nunca termina de irse. El capítulo donde Santiago, alias Javier Mejía, recuerda su vida mientras viaja en el metro Constituyentes tiene esa cualidad tolstoiana de mostrar cómo los pensamientos más íntimos se entrelazan con el bullicio del mundo exterior. No es casualidad que el autor cite a Kamo, el revolucionario soviético que murió en un accidente absurdo: hay aquí una comprensión de la historia como tragedia y farsa que hubiera hecho sonreír a Revueltas.
Y luego está la Sierra Tepehuana, ese territorio donde la política y el mito se funden. Las asambleas indígenas, narradas sin paternalismo ni exotismo, son uno de los mayores aciertos del libro. Cuando Elena, la secretaria del cabildo, explica en su lengua mezclada con español cómo fue elegida, la novela alcanza esa cualidad que tienen las mejores obras de Mancisidor: la capacidad de mostrar la resistencia no como gesto heroico, sino como acto cotidiano. “Yo no soy secretaria de nadie —contesta ofendida— soy gui secretario que es distinto, es un cargo de la comunidad”. No es folklore: es literatura viva, con el olor a tierra mojada y resistencia que tienen los mejores pasajes de Chejov cuando escribía sobre los campesinos rusos.
El estilo de Cilia Olmos tiene deudas visibles —la intensidad psicológica de Dostoievski, el sentido épico de Tolstoi, la rabia contenida de Revueltas—, pero lo notable es cómo las transforma en algo propio. Incluso la frase que da título al libro, “Hic Rhodus, hic Salta”, tomada de una fábula de Esopo, adquiere en su pluma un nuevo significado: no es solo un llamado a la acción, sino una burla dolorosa a quienes creen que los saltos de la historia siempre caen en pies firmes.
Aqui es Rodas podría haberse convertido en un panfleto o en un melodrama, pero se niega a ser ambas cosas. Es, en cambio, una novela que entiende que la mejor literatura política no es la que grita consignas, sino la que muestra cómo el poder —y la resistencia a él— se filtran en los pliegues más íntimos de la vida. Cuando Tomás, ya convertido en “El hijo de la chingada”, entierra las armas que robó a los narcos bajo un basurero, el gesto es tan absurdo como poético: un acto de fe en que alguna vez, bajo tanta podredumbre, pueda brotar algo distinto.
Al final, lo que queda no es solo la historia de unos personajes, sino la certeza de haber leído a un autor que conoce el peso exacto de cada palabra. Una novela que duele, sí, pero que también ilumina, como esos faros que en medio de la tormenta nos recuerdan que la literatura, cuando es verdadera, nunca es solo un reflejo del mundo: es un mundo en sí mismo.

Huasipungo Tierra Roja, 2024.

La novela de David Cilia (2001), una mirada impactante sobre un México herido por la violencia y la represión, una contribución a la narrativa y la cultura mexicana
David Cilia Olmos es un escritor, investigador y académico mexicano, nacido en la segunda mitad del siglo XX. Su obra está profundamente marcada por su participación en la lucha armada y la represión política durante la llamada “Guerra Sucia” en México. Es doctor en Desarrollo Rural por la UAM-Xochimilco y ha trabajado como investigador en temas sociales y agrarios. Como autor, destaca por su literatura de denuncia y memoria histórica, con títulos como Antes del amanecer y La máquina de destruir gente, donde combina testimonio, análisis político y narrativa autobiográfica. Sus textos son parte de un esfuerzo por preservar la memoria de las luchas populares en México.