Luis Britto García: un clásico de la imaginación venezolana

Luis Britto García: un clásico de la imaginación venezolana

En el III Encuentro de Escritores Iberoamericanos organizado por el Instituto Cervantes de España en Estambul, Turquía, se presentó la edición bilingüe turco-castellano del libro de cuentos Rajatabla, de Luis Britto García.


En la convulsa historia intelectual de América Latina, pocos nombres condensan con tanta coherencia la figura del escritor total como Luis del Valle Britto García. Nacido en Caracas el 9 de octubre de 1940, hijo mayor de siete hermanos, su biografía parece organizada alrededor de una misma tensión: el deseo obstinado de comprender el poder y, al mismo tiempo, de desmontarlo por medio de la palabra. Desde la infancia, entre los libros que su madre llevaba a casa y las clases de literatura que impartía su padre, se formó un lector precoz que, muy pronto, comenzó a ensayar sus propias formas de intervención en el mundo.

Antes de convertirse en el autor celebrado de Rajatabla o Abrapalabra, Britto fue un muchacho que dibujaba compulsivamente. Admirador de Burne Hogarth y Winsor McCay, aprendió a pensar en secuencias, en viñetas, en encuadres. Esa temprana vocación gráfica, que lo llevó a ilustrar incluso una revista infantil en 1945, no es un simple detalle biográfico: explica en parte la teatralidad de sus escenas, el trazo contundente de sus personajes, la manera en que la sátira en su obra tiene siempre algo de caricatura feroz. En el Liceo Aplicación de Caracas, donde estudió la secundaria, ya combinaba dibujo y escritura en periódicos murales y, junto con su primo, fundó en 1955 el periódico estudiantil “Molécula”, que conoció muy pronto la censura escolar. Ahí se delinean dos rasgos que lo acompañarán toda la vida: la pulsión de narrar y la vocación de polemista.

En 1957 ingresó a la Universidad Central de Venezuela para estudiar Derecho. La universidad era entonces uno de los epicentros de la resistencia contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y Britto participó en las protestas que llevaron al cierre temporal de la institución. Se graduó como abogado en 1962 y obtuvo el doctorado en Derecho en 1969, pero el título académico nunca fue, para él, un simple peldaño burocrático. La formación jurídica le dio instrumentos para leer críticamente las instituciones, los contratos, los discursos oficiales; su literatura y su ensayo se alimentan de esa mirada que sabe cómo opera el poder cuando se disfraza de legalidad.

En paralelo a su militancia estudiantil, comenzó a publicar relatos en revistas universitarias y colaboró en El Nacional con una columna sobre la vida universitaria que fue retirada por presiones económicas. La censura y el conflicto con los aparatos mediáticos serán también un hilo persistente. En 1964 apareció su primer libro de cuentos, Los fugitivos y otros cuentos, que inauguró una obra donde la violencia política, la represión y el absurdo del orden establecido son materia narrativa recurrente. Más tarde amplió sus estudios con posgrados en Derecho Internacional y Ciencias Sociales en París y en México, y en 1982 cursó estudios avanzados sobre América Latina en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, lo que fortaleció su mirada comparada sobre el continente.

Desde 1966, Britto se integró a la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV, donde impartió cursos de metodología de la investigación y ciencias sociales hasta alcanzar, en 1988, la condición de profesor titular. No es un dato menor: su escritura ensayística se reconoce en esa disciplina para el argumento, en la obsesión por la fuente, en la paciencia para reconstruir estructuras económicas, mediáticas o jurídicas que suelen permanecer invisibles. Pero el académico nunca desplazó al creador; más bien, ambos se potenciaron mutuamente.

Definirlo como “escritor” es insuficiente. Britto García es narrador, ensayista, dramaturgo, historiador, caricaturista, guionista de cine e incluso explorador submarino. Esa multiplicidad de oficios no responde a una dispersión caprichosa, sino a una misma forma de estar en el mundo: la curiosidad enciclopédica del “hombre de Renacimiento” transplantada al trópico latinoamericano. El derecho, la historia, la literatura, el teatro, el análisis mediático o el cine aparecen en su trayectoria como distintas maneras de trabajar sobre una misma materia: las relaciones de poder, las ficciones del Estado, las promesas y traiciones de la modernidad.

Su inscripción política es nítida. Britto es un intelectual de izquierda, pero no un doctrinario repetidor de consignas. Desde muy temprano criticó tanto a las dictaduras tradicionales como al modelo de democracia petrolera de la llamada “Venezuela Saudita”, denunciando la exclusión y la desigualdad que se escondían tras la prosperidad aparente del pacto de Punto Fijo. Su apoyo al proceso bolivariano y su cercanía con Hugo Chávez —fue designado miembro del Consejo de Estado y defendió al gobierno venezolano ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2013 y 2014— no pueden leerse como un simple alineamiento tardío, sino como la continuidad de una reflexión de décadas sobre soberanía, imperialismo y justicia social. Aun así, supo marcar distancias: en 1999 rechazó la presidencia del Consejo Nacional de la Cultura, privilegiando su autonomía intelectual sobre el prestigio del cargo.

La piedra de toque de su prestigio internacional está en su narrativa. Rajatabla, premio Casa de las Américas en 1970, es quizá el libro de cuentos más citado cuando se habla de violencia política en la literatura venezolana del siglo XX. Britto narra la represión de los años sesenta con un realismo que no excluye el humor más negro, y que obliga al lector a enfrentarse a la maquinaria del terror sin refugios sentimentales. Abrapalabra, que obtuvo de nuevo el Casa de las Américas en 1979, lleva al extremo su experimentación formal: novela fragmentaria, enciclopédica, se ha leído como una especie de espejo deformante del caos venezolano, una Rayuela tropical donde discursos, voces y estilos se superponen para exhibir la inconsistencia de los relatos oficiales. En ambas obras la lengua es un laboratorio: el autor juega con el español, inventa palabras, parodia el lenguaje burocrático y publicitario, y desnuda así la manera en que las palabras pueden convertirse en instrumentos de dominación.

Su teatro y su narrativa histórica prolongan ese gesto. En El tirano Aguirre o la conquista de El Dorado, premiada en 1976, reescribe la figura de Lope de Aguirre no como héroe romántico ni como simple villano, sino como encarnación extrema de la ambición y la sinrazón que atraviesan la empresa colonial. En novelas como Pirata o en ensayos como Demonios del mar vuelve sobre los corsarios del Caribe para mostrar cómo la violencia y el saqueo fundan, desde sus orígenes, la economía atlántica. La historia, en Britto, deja de ser el inventario solemne de grandes hombres para convertirse en escenario de fuerzas brutales donde se disputan territorios, riquezas y cuerpos.

El otro gran territorio de su obra es el ensayo político, mediático e histórico. Libros como La máscara del poder, El poder sin la máscara, El Imperio contracultural o Dictadura mediática en Venezuela examinan la televisión, la publicidad, la industria cultural y los grandes conglomerados informativos como dispositivos de construcción de consenso. Mucho antes de que la expresión “fake news” se instalara en el vocabulario global, Britto advertía sobre la capacidad de los medios para fabricar realidad, anestesiar la crítica y modelar subjetividades. Su ensayo no se limita a denunciar: desmonta con precisión cómo funcionan esos mecanismos, qué intereses económicos los sostienen y cuáles son sus efectos sobre la vida cotidiana.

A esa reflexión se suman sus trabajos sobre identidad e integración latinoamericana. En textos como América Nuestra: Integración y revolución, Socialismo del tercer milenio o El verdadero venezolano, traza mapas de la identidad nacional y de la región, discute los proyectos de unidad política y económica, y sostiene la idea de que la cultura —lenguas, mitos, memorias compartidas— es un campo estratégico de resistencia frente al imperialismo. América Latina aparece en sus palabras no sólo como un espacio geográfico, sino como una posibilidad histórica de emancipación, una esperanza de resistencia que se alimenta tanto de sus derrotas como de sus victorias.

En entrevistas, Britto suele definirse con ironía como narrador, ensayista, dramaturgo, dibujante y explorador submarino, insistiendo en que la creatividad no se confina a un solo territorio. Esa frase resume bien su práctica: pensar, escribir, dibujar o bucear son maneras complementarias de explorar un mismo fondo oscuro, el de las estructuras visibles e invisibles que organizan la vida social. Su humor filoso y su espíritu polémico no son ornamentos del discurso, sino métodos de conocimiento: reírse del mundo es, en su caso, una forma de entenderlo y desarmarlo.

Los reconocimientos dan una idea de su peso en la cultura venezolana y latinoamericana: dos veces Premio Casa de las Américas, Premio Latinoamericano de Dramaturgia Andrés Bello, Premio Nacional de Literatura, Premio Internacional de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada, además de numerosos galardones en narrativa, teatro y ensayo. En 2012 fue autor homenajeado en la Feria Internacional del Libro de Venezuela; en 2020 una fundación venezolana lo postuló al Premio Nobel de Literatura; en 2023 recibió el doctorado honoris causa de la Universidad Simón Bolívar. Pero, más allá de las medallas, su verdadero lugar está en esa zona menos visible donde una obra se vuelve imprescindible para comprender un país y un tiempo.

Porque Luis Britto García no es sólo “un escritor político”, etiqueta que suele usarse para reducir y desactivar a los autores incómodos. Es un arquitecto de mundos verbales donde la palabra es arma, campo de batalla y botín. Desde sus inicios contra las dictaduras hasta sus debates contemporáneos sobre medios, imperialismo y socialismo, su trayectoria está atravesada por un compromiso sostenido con la justicia social y por una desconfianza sistemática frente a cualquier poder que pretenda naturalizarse. Leerlo hoy, dentro y fuera de Venezuela, no es un ejercicio de erudición nostálgica, sino una necesidad para pensar las tramas de violencia, simulacro y resistencia que siguen marcando a América Latina.

Incómodo, lúcido, irónico hasta la crueldad, Britto García exige un lector activo, dispuesto a dejarse sacudir. Esa exigencia quizá sea, en última instancia, el núcleo de su legado: recordarnos que la literatura, cuando asume en serio su responsabilidad, no se limita a representar el mundo, sino que interviene en él.

Britto García es narrador, ensayista, dramaturgo, historiador, caricaturista, guionista de cine e incluso explorador submarino
Britto García exige un lector activo, dispuesto a dejarse sacudir.

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